Tras la extinción de la Humanidad,
llegó el Reino de las Ovejas. Eran muchas y de todos tipos, pero seguían
ciegamente a unos perros viejos y dóciles, bien parecidos a los pastores
afganos, que mandaban sobre las ovejas en favor de los lobos.
Los lobos eran pocos. Pero siempre
estaban juntos, nunca discutían entre ellos y se ayudaban, aunque no se
conocieran. Feroces, se repartían las ovejas que iban a devorar, tenían las
mejores tierras, el agua más pura que descendía de la sierra y a los perros
bajo su mando. Las ovejas, al mismo tiempo, creían ser defendidas por sus
perros pastores. Al fin y al cabo, era el Reino de las Ovejas, ellas estaban
seguras de tener el poder, pero sus compañeras devoradas por los lobos bien
sabían que esto no era cierto: la ovinocracia era el sistema que todo lobo
quería.
Llegó entonces la Revolución Ovina: ciertas
ovejas descubrieron el engaño. Se cansaron de ser pastoreadas por perros
inútiles y les plantaron cara. Convencieron a muchas otras para expulsar a unos
canes que, en el fondo, ni pinchaban ni cortaban. Estas ovejas alcanzaron el
poder y combatieron a la Manada Real.
Fueron devoradas ferozmente.